Planificación sanitaria frente al cambio climático: integrar clima y salud para anticipar riesgos
La colaboración entre climatólogos, epidemiólogos y profesionales sanitarios se perfila como clave para anticipar riesgos y diseñar respuestas eficaces ante los efectos del cambio climático en la salud humana.

(Consalud.Es) El cambio climático ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente ambiental para convertirse en un desafío sanitario de primer orden. Las olas de calor más frecuentes y prolongadas, el aumento sostenido de las temperaturas y la posible expansión de enfermedades vinculadas a factores climáticos obligan a repensar cómo se analizan y se gestionan los riesgos para la salud. En este nuevo escenario, la colaboración entre disciplinas como la climatología, la epidemiología y la salud pública se presenta como una herramienta imprescindible para comprender mejor los impactos y anticipar respuestas más eficaces.
Desde esta perspectiva trabaja el Centro en Cambio Climático de la Universitat Rovira i Virgili (URV), cuyo foco se ha desplazado en los últimos años hacia el desarrollo de productos y servicios climáticos aplicables a distintos sectores, entre ellos el sanitario. “Estamos trabajando mucho en aplicar la información climática a productos y a servicios que estén focalizados en los usuarios”, explica Javier Sigro Rodríguez, investigador sénior del centro, en una entrevista concedida a ConSalud.es. El objetivo es claro: transformar datos climáticos complejos en información útil para la toma de decisiones.
Uno de los pilares de este trabajo es el análisis de la evolución térmica. Según detalla Sigro, “el indicador más utilizado para determinar el cambio climático es la temperatura”, y las series disponibles muestran “un incremento progresivo durante el siglo XX que, sobre todo a partir de mediados de los años setenta, se intensifica”. Desde entonces, la tendencia no se ha revertido: “Prácticamente cada década los promedios de temperatura son superiores a las décadas anteriores” y “estos últimos diez años son los más cálidos de todo el registro”.
Este aumento sostenido de las temperaturas tiene implicaciones directas para la salud, pero su impacto no se explica únicamente por los valores medios. “Tenemos una tendencia donde vamos observando que las temperaturas se van incrementando, pero al mismo tiempo tienes el comportamiento de los extremos que no tiene por qué seguir esta tendencia”, aclara el investigador. En este punto es donde la información climática cobra especial relevancia para la vigilancia sanitaria.
EL CAMBIO EN LAS OLAS DE CALOR
Las olas de calor son el ejemplo más evidente. En el contexto español, “se está observando una intensificación de estos fenómenos en su frecuencia de ocurrencia, pero también, sobre todo, en la intensidad y en la duración”, señala Sigro. El cambio más relevante no siempre está en los picos máximos, sino en el tiempo de exposición: “Antes teníamos olas de calor de tres o cinco días, pero ahora tenemos olas de calor que duran diez, quince o veinte días”. Esta prolongación, subraya, “incrementa mucho el estrés térmico y sus efectos sobre la sociedad y sobre los ecosistemas”.
Para evaluar correctamente estos impactos, la ciencia climática aporta algo más que datos brutos de temperatura. “Podemos generar un indicador específico para un territorio”, explica Sigro, adaptado a las características ambientales y sociales de cada zona. Este enfoque resulta especialmente útil en salud, donde “las comunidades tienen tolerancias diferentes frente a un mismo rango de calor”. Pero el experto destaca que la necesidad de integrar variables es clave. “No tiene el mismo efecto 38 grados en el centro de la península que 38 grados en la costa mediterránea”. La razón está en factores como la humedad ambiental: “38 grados a una humedad muy baja es tolerable; 38 grados a unas humedades muy elevadas puede ser mortal”. Por eso, advierte, “la temperatura únicamente no nos sirve, necesitamos un indicador que tenga en cuenta la humedad y quizás otros factores ambientales”.
“Los datos climáticos pueden ayudar a explicar determinadas mortalidades o morbilidades, o la expansión de determinadas enfermedades en diversos territorios”
Este tipo de análisis abre la puerta a una planificación sanitaria más ajustada a la realidad climática de cada territorio. Desde el punto de vista metodológico, Sigro destaca la necesidad de una colaboración estrecha con los profesionales de la medicina o la epidemiología. En el ámbito de la salud, detalla, las posibles líneas de trabajo son amplias. Por ejemplo, el estudio de los efectos de los extremos térmicos sobre diferentes cuadros de enfermedad o a la vigilancia de vectores infecciosos cuya presencia puede verse favorecida por determinadas condiciones climáticas: “Si queremos un indicador que nos dé una alarma cuando se reúnan las condiciones para que un determinado mosquito pueda proliferar, tenemos que conocer las condiciones de ese lugar”, explica Sigro.
La colaboración multidisciplinar entre profesionales de salud pública y expertos en clima, puede ser decisiva para interpretar determinados fenómenos sanitarios. “Se trata de aportar una información extra que pueda ayudar a explicar determinadas mortalidades o morbilidades, o la expansión de determinadas enfermedades en diversos territorios”, señala.
En un contexto de calentamiento sostenido y de eventos extremos cada vez más duraderos, la integración de la información climática en los sistemas de vigilancia y planificación sanitaria se perfila como una necesidad creciente. Así los expertos recuerdan que la experiencia acumulada en proyectos europeos e internacionales muestra que el enfoque multidisciplinar no solo es posible, sino imprescindible para afrontar los efectos del cambio climático sobre la salud humana.
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