IA en salud: el desafío es potenciar el trabajo de los profesionales
Por Gabriel Mulero, Gerente General del Centro Los Pinos.

La inteligencia artificial ya dejó de ser una promesa futura para el sistema de salud. Está empezando a formar parte de su funcionamiento cotidiano y a modificar la manera en que se diagnostica, se organiza la información y se acompaña a los pacientes.
Un relevamiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS) realizado entre 50 de los estados miembros de la región europea muestra hasta qué punto este proceso ya está en marcha: el 64% utiliza herramientas de inteligencia artificial para diagnósticos asistidos, especialmente en imágenes y detección de enfermedades, y la mitad incorporó chatbots para la interacción y el apoyo a pacientes. Entre las principales razones para adoptar estas tecnologías, señalan mejorar la atención de los pacientes (98%), reducir la presión sobre los trabajadores de la salud (92%) y aumentar la eficiencia y la productividad (90%).
Estos datos muestran que la discusión ya no pasa por preguntarnos si la inteligencia artificial llegará a la salud, sino cómo la vamos a incorporar y qué lugar queremos que ocupe. Es decir, ¿qué tareas podemos dejar en manos de la tecnología para que médicos, enfermeros o terapeutas tengan más tiempo para aquello que requiere su experiencia y su presencia?
La salud genera enormes cantidades de información: historias clínicas, estudios, tratamientos, medicación, evoluciones e informes de distintos profesionales que se acumulan a lo largo del tiempo. En ese contexto, la inteligencia artificial puede ayudar a ordenar y procesar esos datos, resumir información relevante, detectar posibles interacciones entre medicamentos o facilitar el seguimiento de la evolución de un paciente. Encontrar un patrón no es lo mismo que comprender a una persona, y mucho menos decidir qué es lo mejor para ella.
Nuestra experiencia con el uso de una historia clínica electrónica integrada con inteligencia artificial, aplicada a geriatría, rehabilitación, pacientes crónicos y cuidados paliativos, permite ver este potencial en la práctica. La herramienta reúne la información clínica y facilita su consulta por parte de los distintos profesionales que intervienen en la atención, reduciendo el trabajo administrativo y favoreciendo la continuidad de los tratamientos.
Esto adquiere especial relevancia cuando una misma persona es acompañada por médicos, enfermeros, kinesiólogos, terapeutas ocupacionales, psicólogos y otros especialistas. En estos casos, integrar las distintas miradas permite comprender mejor la evolución del paciente y tomar decisiones a partir de una perspectiva compartida, sin perder de vista que la interpretación final siempre depende del conocimiento y la experiencia del equipo de salud.
Por eso, la tecnología no debería desplazar el criterio profesional. Una alerta sobre una posible interacción farmacológica necesita ser evaluada por un profesional. Un cambio en la evolución de un paciente necesita contexto. Una recomendación terapéutica requiere conocer a la persona, sus antecedentes, sus preferencias y también aquello que no siempre aparece registrado en una pantalla.
La propia OMS advierte que el avance tecnológico está ocurriendo más rápido que la construcción de marcos de regulación y supervisión adecuados. En su evaluación regional antes citada, señala que apenas el 8% de los países relevados contaba con una estrategia nacional específica sobre inteligencia artificial en salud. También identifica brechas en capacitación, regulación, privacidad y responsabilidad frente a posibles errores de los sistemas.
La incorporación responsable de estas herramientas requiere profesionales capacitados, protocolos claros, protección de los datos personales y mecanismos de supervisión. La innovación no debería avanzar por encima de estos principios, sino desarrollarse dentro de un marco que permita aprovechar sus beneficios y reducir sus riesgos.
En este contexto, el Día de la Sanidad ofrece una oportunidad para poner el foco en quienes sostienen cotidianamente la atención. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta para simplificar tareas, ordenar información y acompañar procesos cada vez más complejos. Pero su verdadero valor está en darle mejores herramientas a los profesionales para ejercer su profesión.
Si la tecnología logra quitarle tiempo a las tareas repetitivas y devolverlo a la consulta, a la conversación con una familia, a la observación de un paciente o a la coordinación entre profesionales, habrá cumplido su función. El desafío, entonces, no es elegir entre tecnología y atención humana. Es lograr que la primera esté al servicio de la segunda.
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