IA y pensamiento crítico: qué deben hacer docentes y profesionales de la salud mental

La incorporación de la IA en la educación plantea un desafío central: distinguir entre el uso como un andamiaje válido y el desarrollo de una dependencia cognitiva.

El desembarco de la Inteligencia Artificial (IA) en las aulas y hogares está reconfigurando las bases del aprendizaje. Lejos de ser una simple herramienta de consulta, la inmediatez y asertividad de plataformas como ChatGPT están generando transformaciones profundas en el desarrollo cognitivo y socioemocional de los estudiantes. En este contexto de cambio acelerado, especialistas como Nicolás Genise, Director de la Especialización en Psicopedagogía Clínica y Doctor en Psicología con Posdoctorado de la de UFLO Universidad, advierten sobre los riesgos de la dependencia tecnológica y la necesidad urgente de redefinir qué y cómo evaluamos en el sistema educativo.

Estos cambios profundos en el aprendizaje exigen que los profesionales de la salud mental y la educación se mantengan actualizados en los avances científicos más recientes. La formación especializada en psicopedagogía clínica se ha convertido en una necesidad imperativa para acompañar adecuadamente a estudiantes y familias en esta transición digital. Programas como la especialización en Psicopedagogía Clínica de la UFLO Universidad, dirigida a psicopedagogos que desean actualizarse en avances científicos, representan una respuesta institucional a este desafío. Con un enfoque transteórico y transdisciplinario, estas propuestas de formación continua preparan a los profesionales para brindar atención integral, consultoría y abordajes clínicos psicopedagógicos, habilitándolos para trabajar tanto en modalidad presencial como online. Esta actualización profesional es fundamental para que los profesionales en psicopedagogía puedan identificar, diagnosticar e intervenir en las nuevas problemáticas que emergen del uso de la IA en contextos educativos, desde la dependencia cognitiva hasta el impacto socioemocional en adolescentes.

El dilema del andamiaje: ¿Apoyo o dependencia?

La incorporación de la IA en la educación plantea un desafío central: distinguir entre el uso como un andamiaje válido y el desarrollo de una dependencia cognitiva. Según los especialistas, la diferencia no radica en la frecuencia de uso, sino en la capacidad del estudiante para sostener el razonamiento una vez que se retira la herramienta.

Siguiendo los principios de Vygotsky (1978), un andamiaje es efectivo si es temporal y permite que el alumno internalice una función que inicialmente no podía realizar solo. El problema surge cuando este soporte se convierte en una prótesis permanente. En el ámbito clínico, se observa si el estudiante puede reconstruir el proceso de pensamiento o si, por el contrario, sufre el efecto Google (Sparrow et al., 2011), recordando únicamente dónde encontrar la respuesta y no el contenido en sí.

Estudios recientes, como el de Lee et al. (2025), demuestran que la confianza excesiva en la IA disminuye el esfuerzo cognitivo, mientras que la confianza en las propias capacidades lo incrementa. El uso saludable implica utilizar la IA para verificar el pensamiento propio, no para delegarlo. La delegación extrema ha dado lugar a una ansiedad paralizante ante la incapacidad de resolver tareas sin asistencia artificial. La recomendación de los expertos es clara: no prohibir, sino diseñar estratégicamente el retiro del andamio.

La velocidad con la que la IA proporciona respuestas elaboradas elimina una parte fundamental del aprendizaje: la fricción. Pensar requiere tolerar la incertidumbre, sostener preguntas abiertas y aprender del error. Al desaparecer esta fricción, se atrofia el músculo del pensamiento crítico. Este fenómeno se conoce como descarga cognitiva (Risko y Gilbert, 2016), donde se delega el esfuerzo mental en una herramienta externa. Aunque no es un concepto nuevo, se agrava por el sesgo de automatización (Skitka et al., 1999), que lleva a los alumnos a aceptar pasivamente la información sin cuestionarla, pasando de generar conocimiento a simplemente copiarlo.

La tecnología, por sí sola, no es inclusiva ni excluyente; tiende a amplificar las condiciones preexistentes. Un diagnóstico adecuado y un docente capacitado pueden potenciar los beneficios de la IA, pero sin mediación, corre el riesgo de ensanchar la brecha educativa. La mediación docente es crucial para que la IA funcione como un andamiaje en la zona de desarrollo próximo y no como un nivelador hacia abajo.

Una tendencia preocupante es la preferencia de los adolescentes por interactuar con chatbots en lugar de docentes o compañeros, buscando evitar el costo social del error. Sin embargo, la equivocación y la mirada del otro son esenciales para el aprendizaje y el desarrollo de habilidades socioemocionales. La menor interacción humana deteriora las habilidades interpersonales, lo que a su vez hace más costoso el vínculo real, empujando al joven de vuelta a la máquina. A esto se suma la tendencia de la IA a complacer al usuario, lo que impide el desarrollo de la tolerancia a la frustración.

El nuevo foco educativo debe centrarse en habilidades cómo formular buenas preguntas, evaluar críticamente las respuestas de la IA, integrar fuentes contradictorias y transferir conocimientos a problemas reales. No se trata de qué sabe el alumno, sino de qué hace con lo que sabe y qué decide no delegar.

Finalmente, surge una preocupación crítica y frecuentemente ignorada: la privacidad de los datos. Los estudiantes comparten información sensible con los chatbots, desde dudas académicas hasta temores personales. Siguiendo las directrices de la UNESCO (Miao y Holmes, 2023), es imperativo conocer qué datos se recogen, dónde se almacenan y con qué fin se utilizan antes de incorporar estas herramientas al aula. La protección de la intimidad de los menores debe ser la primera consideración en la adopción de la IA educativa.

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